Un TLC que no se firma por contenedores, sino por inteligencia
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La pregunta correcta sobre el Tratado de Libre Comercio entre Costa Rica e Israel no es si se justifica por el comercio actual de bienes. La respuesta ahí es trivial: no. El comercio bilateral es pequeño, marginal en la canasta exportadora costarricense y sin complementariedades evidentes en productos tradicionales. Si este TLC se evaluara con la lógica del siglo XX —toneladas, aranceles y contenedores— sería difícil defenderlo.
Pero esa no es la lógica correcta.
Este tratado debe leerse con las gafas del siglo XXI: servicios modernos, tecnología, inversión extranjera directa (IED), reglas y capacidades. Desde esa perspectiva, el acuerdo no solo tiene sentido, sino que revela una apuesta estratégica distinta —y más sofisticada— sobre el tipo de economía que Costa Rica quiere construir.
El dato incómodo que aclara todo
El comercio de bienes entre Costa Rica e Israel ha rondado, en promedio, los US$50 millones anuales en la última década. No hay un mercado israelí esperando piña, banano o dispositivos médicos costarricenses en volúmenes transformadores. Quien crea que este TLC se firmó para disparar exportaciones de bienes está mirando el instrumento equivocado.
Precisamente por eso, la firma del tratado es interesante.
Un TLC como infraestructura, no como vitrina comercial
Los tratados modernos no son solo rebajas arancelarias. Son infraestructura jurídica. Establecen reglas de juego, marcos de cooperación, certidumbre para inversión y señales de previsibilidad institucional. En economías pequeñas y abiertas como Costa Rica, esa señal puede ser más valiosa que el comercio inmediato.
Israel no es atractivo por su tamaño de mercado, sino por su ecosistema tecnológico: agrotech, ciberseguridad, tecnologías limpias, servicios digitales, innovación aplicada y capital de riesgo. Es, en términos económicos, un exportador de capacidades más que de bienes.
Desde esa óptica, el TLC funciona como un puente institucional para:
atraer IED tecnológica,
facilitar alianzas empresariales y académicas,
y posicionar a Costa Rica como plataforma de adopción, adaptación y escalamiento de tecnología en América Latina.
Servicios modernos: donde está el verdadero juego
Costa Rica ya no compite solo en manufactura avanzada. Su verdadera ventaja comparativa emergente está en los servicios basados en conocimiento: TI, back office sofisticado, analítica, ingeniería, servicios empresariales y, crecientemente, soluciones digitales intensivas en talento.
En ese mundo, el valor no se mueve en barcos, sino en datos, algoritmos, procesos y personas. Un solo proyecto ancla de IED en servicios modernos puede generar más impacto económico —en salarios, productividad y encadenamientos— que decenas de millones de dólares en comercio de bienes.
Ahí es donde este TLC cobra sentido.
¿Decisión económica o gesto político?
Sería ingenuo negar que un acuerdo con Israel en el contexto geopolítico actual tiene lectura política. La tiene. Pero reducir la decisión a un alineamiento ideológico o a un apoyo indirecto a la administración Trump es analíticamente pobre.
No existe evidencia en los textos oficiales que sustente que ese haya sido el motor principal. Lo que sí existe es una narrativa explícita —y coherente— de innovación, tecnología, inversión y diversificación. En economía política, cuando la evidencia económica encaja mejor que la explicación conspirativa, conviene quedarse con la primera.
Las ocho hipótesis, frente a la evidencia
El verdadero riesgo: firmar y no ejecutar
El riesgo de este TLC no es haberlo firmado. El riesgo es creer que el tratado, por sí solo, hará el trabajo. Sin políticas internas de talento, protección de datos, energía competitiva, infraestructura digital y una estrategia clara de atracción de IED en servicios modernos, el acuerdo puede quedarse en papel.
Un TLC de este tipo no garantiza resultados; solo habilita posibilidades. El impacto dependerá de si Costa Rica lo usa como palanca para:
atraer empresas tecnológicas,
fortalecer encadenamientos locales,
y elevar su frontera de productividad.
Conclusión: menos nostalgia, más intención estratégica
Este tratado no se firmó para vender más cajas. Se firmó —consciente o inconscientemente— para insertar a Costa Rica en redes de conocimiento, tecnología y servicios modernos. Juzgarlo con métricas de comercio de bienes es un error de época.
La pregunta relevante no es cuántos dólares adicionales exportaremos a Israel el próximo año. La pregunta es si sabremos usar este TLC para convertir tecnología en productividad, inversión en capacidades y reglas en reputación país.
Porque en la economía que viene, los países que ganan no son los que exportan más volumen, sino los que exportan más inteligencia.