Productividad antes que discursos: el mejor argumento para vender Costa Rica que nadie está usando
En Costa Rica se discute con frecuencia si el país “se volvió caro”, si los salarios son demasiado altos o si la inversión extranjera directa empezará a irse hacia destinos más baratos. El diagnóstico suele ser superficial, ideológico o directamente equivocado. Lo paradójico es que la mejor respuesta técnica a esas preocupaciones ya existe, está basada en datos públicos y comparables internacionalmente, pero no se está utilizando.
Los datos no provienen de una consultora privada ni de un modelo opaco. Son cifras de libre acceso del Banco Mundial —las mismas que publica la OCDE— sobre productividad laboral real. Y lo que muestran, cuando se analizan con perspectiva histórica y comparativa, es contundente: Costa Rica es el único país de América Latina miembro de la OCDE que ha logrado sostener un crecimiento positivo y estable de la productividad laboral desde 1991 hasta 2024.
Eso no es una anécdota estadística. Es una señal estructural.
La pregunta correcta: ¿qué pasa con la productividad laboral?
La comparación histórica de la productividad laboral real entre los cuatro países de América Latina miembros de la OCDE muestra un patrón claro y persistente, resumido en la siguiente tabla:
Crecimiento anual compuesto (CAGR) de la productividad laboral real (%)
Fuente: elaboración propia con datos del Banco Mundial (2025).
La productividad laboral, medida como el valor agregado real por trabajador, es la variable que realmente importa cuando se discuten salarios, competitividad y crecimiento. No los salarios nominales. No el tipo de cambio. No el costo laboral aislado.
Si los salarios crecen más rápido que la productividad, el crecimiento es insostenible.
Si los salarios crecen en línea con la productividad, el crecimiento es sano.
Ese es el criterio que utilizan las economías avanzadas. Y es el criterio que debería guiar la conversación en Costa Rica.
Cuando se observa la trayectoria de largo plazo (1991–2024) de los cuatro países de América Latina y el Caribe que pertenecen a la OCDE —Costa Rica, Colombia, Chile y México— el contraste es claro:
Costa Rica crece de forma positiva y consistente en todos los subperíodos.
Colombia desacelera de manera progresiva.
Chile muestra un agotamiento estructural, con caída reciente de la productividad.
México exhibe un estancamiento prolongado, incluso con pérdida de nivel absoluto.
No estamos hablando de ideología ni de ciclos políticos cortos. Estamos hablando de modelos productivos.
No toda inversión extranjera es igual
El punto central, incómodo para muchos, es que no toda inversión extranjera directa genera productividad. El volumen importa menos que la calidad.
Costa Rica no compite por recursos naturales.
No compite por tamaño de mercado interno.
Compite por eficiencia, talento, acceso a mercados y encadenamiento en cadenas globales de valor intensivas en conocimiento.
Ese tipo de inversión:
eleva el valor agregado por trabajador,
introduce estándares tecnológicos y organizacionales,
genera aprendizaje acumulativo,
y explica por qué la productividad laboral costarricense resiste incluso en contextos adversos.
En contraste, otros países de la región han dependido más de:
inversión intensiva en recursos naturales,
manufactura con bajo upgrading funcional,
o encadenamientos productivos débiles.
Eso puede generar ingresos, pero no garantiza productividad sostenida.
El debate mal planteado sobre salarios
El nivel de productividad laboral real —medido como valor agregado por trabajador— permite poner en contexto el debate sobre salarios y costos, como se observa en la siguiente comparación:
Nivel de productividad laboral
Fuente: elaboración propia con datos del Banco Mundial (2025).
Aquí aparece uno de los errores más frecuentes del debate público: afirmar que Costa Rica es “demasiado cara” porque los salarios son altos, sin mirar la productividad.
Los datos muestran exactamente lo contrario del relato alarmista:
el aumento salarial en Costa Rica ha estado acompañado por un aumento sostenido de la productividad laboral real.
Ese es el escenario deseable.
Ese es el escenario sano.
Cuando un país logra que sus trabajadores produzcan más valor real por persona empleada, los salarios más altos no son un problema, son una consecuencia lógica. Penalizar ese resultado es confundir síntomas con causas.
La pregunta que debería hacerse cualquier inversionista serio no es “¿cuánto cuesta un trabajador?”, sino “¿cuánto valor genera?”. Y ahí Costa Rica tiene una historia sólida que contar.
El verdadero problema: sabemos los datos, pero no los usamos
Lo más preocupante de este análisis no es lo que revelan los datos, sino lo que no se hace con ellos.
Las agencias de promoción de inversión, los discursos oficiales y buena parte del debate público no utilizan la productividad laboral como argumento central. Se habla de costos, de incentivos, de rankings, de percepciones. Pero se omite la variable que realmente distingue a Costa Rica dentro de la OCDE regional.
Los datos están disponibles.
Las APIs están abiertas.
Las series son comparables.
Pero ver patrones requiere análisis, no solo acceso a información. Y ahí es donde fallamos como país: preferimos narrativas simples antes que argumentos estructurales.
Una oportunidad estratégica desperdiciada
En un contexto global donde:
la inversión es más selectiva,
la eficiencia pesa más que el volumen,
y el talento es el principal activo,
Costa Rica tiene una ventaja comparativa clara: productividad laboral sostenida en el tiempo, respaldada por datos internacionales.
Ese debería ser el eje de la estrategia país para atraer inversión extranjera en servicios modernos, tecnología, ingeniería, salud y actividades intensivas en conocimiento. No como eslogan, sino como evidencia.
No se trata de vender al país como “barato”.
Se trata de venderlo como productivo.
Dar luz donde hay sombras
Este análisis no pretende idealizar a Costa Rica ni negar sus desafíos. Pretende algo más simple y más urgente: poner los datos correctos en el centro de la discusión.
La productividad laboral real es el mejor antídoto contra debates estériles sobre salarios, costos y competitividad. Es también el mejor argumento para atraer inversión extranjera de calidad.
La evidencia está ahí.
Lo que falta es la decisión de usarla.
Dar luz donde hay sombras no siempre es cómodo. Pero es necesario.
Y si aspiramos a seguir creciendo como economía abierta e inteligente, la productividad debe volver a ser el lenguaje principal de la política económica.