La nueva métrica de la IED: cuando el impacto reemplaza al volumen

Durante décadas medimos la Inversión Extranjera Directa (IED) con dos variables cómodas: flujos de capital y empleo creado. Era simple, cuantificable y políticamente vendible. Más dólares. Más puestos de trabajo. Más titulares.

Pero esa métrica quedó obsoleta. Y el mercado acaba de confirmarlo.

fDi Intelligence lanzó recientemente los Investment Impact Awards para Europa, un premio que ya no evalúa quién atrae más proyectos, sino quién genera mayor impacto estructural en su economía. La metodología no se centra en volumen, sino en transformación: productividad, encadenamientos, innovación, sostenibilidad, calidad del empleo, integración territorial.

Es decir: exactamente lo que sostuve en enero de 2025 en Columbia FDI Perspectives al argumentar que la evaluación de impacto debía convertirse en herramienta esencial de las agencias de promoción de inversión. 

La evolución es inevitable.

El fin de la IED contable

Medir IED por flujos brutos es engañoso. Un país puede recibir miles de millones y generar poco valor agregado local. Puede crear empleo, pero de baja productividad. Puede atraer proyectos intensivos en capital con escasos encadenamientos domésticos.

El volumen no es impacto.

La pregunta correcta ya no es:
¿Cuánta IED llegó?
La pregunta correcta es:
¿Qué cambió estructuralmente gracias a esa IED?

Esto altera todo. Porque cuando cambian las métricas, cambia también el tipo de inversión que debes atraer.

Lo que hicimos en CINDE antes de que fuera tendencia

En Costa Rica, desde CINDE, comenzamos hace años a mover la conversación desde la cantidad hacia la calidad.

No era suficiente decir cuántas empresas llegaban. Había que demostrar qué transformaban.

Evaluamos, por ejemplo:

  • La probabilidad incremental de establecimiento atribuible a la intervención de la agencia.

  • El efecto en expansión de operaciones.

  • Los encadenamientos productivos hacia proveedores locales.

  • La movilidad laboral de talento entrenado por multinacionales.

  • La productividad diferencial de empresas asistidas versus grupo de control.

  • El cierre de brechas de talento mediante incidencia en políticas públicas.

El resultado más potente del análisis fue un incremento de 32 puntos porcentuales en la probabilidad de que una empresa estableciera operaciones en Costa Rica cuando recibía asistencia técnica estructurada de la agencia. Este no es un porcentaje relativo ni una correlación superficial: es un efecto causal estimado mediante comparación contrafactual entre empresas asistidas y no asistidas con características similares. 

En un universo global de más de 200.000 filiales multinacionales activas, donde la probabilidad base de que una empresa específica elija un país pequeño es estructuralmente baja, mover esa probabilidad en 32 puntos porcentuales representa un cambio significativo en la decisión de inversión. En evaluación de políticas públicas, impactos de doble dígito en probabilidades de localización son raros. Aquí no estamos hablando de percepción, sino de causalidad demostrada.

La nueva metodología europea

Los Investment Impact Awards no celebran anuncios. Evalúan resultados estructurales:

  • Sostenibilidad ambiental del proyecto.

  • Innovación tecnológica.

  • Calidad del empleo generado.

  • Contribución a cadenas de valor estratégicas.

  • Desarrollo regional.

  • Spillovers en productividad.

  • Alineación con transición verde y digital.

Es una métrica cualitativa sofisticada, no una contabilidad de flujos.

Esto es clave: la competencia global por IED se está moviendo desde quién atrae más hacia quién transforma mejor. Y si América adopta este estándar —lo cual es altamente probable— las agencias que no tengan sistemas robustos de evaluación de impacto quedarán rezagadas.

La metodología del Investment Impact Awards en Europa confirma este giro conceptual. Ya no se premian únicamente montos de capital invertido o número de empleos creados, sino calidad del empleo, sostenibilidad ambiental, integración en ecosistemas locales, transferencia tecnológica e impacto regional de largo plazo. En esencia, se evalúa transformación estructural y no volumen transaccional. Este enfoque es consistente con lo que implementamos en CINDE años antes: pasar de medir anuncios a medir impacto verificable. La diferencia es que ahora el estándar internacional lo institucionaliza y lo convierte en referencia global. Lo que antes era visión estratégica, hoy es requisito competitivo.

Cuando cambia la métrica, cambia la estrategia

Si el mundo mide impacto:

  • Ya no sirve atraer cualquier proyecto.

  • No sirve competir solo con incentivos fiscales.

  • No sirve maximizar cantidad si la calidad es baja.

Se necesita:

  1. Inteligencia sectorial avanzada.

  2. Métricas de productividad y spillovers.

  3. Evaluación contrafactual.

  4. Coordinación con política educativa.

  5. Análisis de encadenamientos.

  6. Medición de valor agregado doméstico.

  7. Evaluación del efecto del Pilar II (impuesto mínimo global).

Esto eleva el estándar técnico de las agencias de promoción. La IED deja de ser un juego de volumen y se convierte en un ejercicio de arquitectura económica.

Participar no es opcional:

Sin datos comparables internacionalmente, la evidencia pierde credibilidad.

Si fDi Intelligence replica estos premios en América Latina —como es probable— los países deberán competir en evidencia, no en discursos.

Para participar con éxito se necesitará:

  • Bases de datos integradas empresa-agencia.

  • Información longitudinal.

  • Metodologías comparables internacionalmente.

  • Transparencia de resultados.

  • Capacidad técnica para análisis econométrico.

No basta con reportes institucionales. Se necesitarán estudios evaluativos rigurosos.

Y aquí viene lo disruptivo:

Muchos países aún celebran récords de anuncios sin poder demostrar impacto estructural.

Eso pronto no será suficiente.

La paradoja

El mundo está elevando la vara justo cuando algunos países están debilitando sus agencias técnicas o reduciendo su capacidad analítica.

Es una mala sincronía histórica.

Porque la nueva etapa de la IED exige más sofisticación, no menos.

Exige más evaluación, no menos.

Exige más datos, no menos.

La evolución es inevitable

La IED del siglo XXI no compite solo en costos. Compite en:

  • Capital humano.

  • Ecosistemas de innovación.

  • Integración productiva.

  • Transición energética.

  • Gobernanza institucional.

  • Evaluación basada en evidencia.

Quien no mida impacto quedará fuera del radar de inversionistas estratégicos.

Quien no entienda que los incentivos fiscales sin spillovers son fiscalmente ineficientes perderá relevancia.

Quien no transforme su agencia en un centro de inteligencia económica aplicada será superado.

No es un premio. Es una señal estructural.

Los Investment Impact Awards no son un galardón simbólico. Son una señal de cambio de paradigma.

La pregunta ya no es quién atrae más capital. La pregunta es quién convierte la IED en productividad sostenible.

La evolución es inevitable. El mundo ya no premia volumen; premia transformación verificable. Las agencias que no midan impacto estructural, efectos de largo plazo y causalidad demostrable quedarán fuera del nuevo estándar global. Costa Rica fue pionera en comprender que atraer inversión no era suficiente: había que demostrar qué cambiaba realmente en la economía. 

La pregunta ya no es si debemos modernizar nuestras métricas. La pregunta es si estamos debilitando, por omisión o por indiferencia, justamente aquello que nos permitió anticiparnos al cambio. Cuando las reglas del juego evolucionan, no adaptarse no es neutral. Es retroceder.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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Seguimos sacando agua del mismo pozo mientras el mundo perfora en otro lado