La IED que entra no siempre desarrolla

Por qué Chile invierte más y exporta menos servicios modernos que Costa Rica

Durante años, Chile ha sido presentado como un caso exitoso de atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) en América Latina. Los datos recientes parecen confirmarlo: entre 2022 y 2024, los flujos de IED alcanzaron niveles superiores al promedio histórico, con un récord de US$15.319 millones en 2024, impulsados principalmente por la reinversión de utilidades, que superó los US$10.000 millones. Minería, energía y, más recientemente, servicios globales y tecnología lideran la cartera de proyectos, con inversionistas provenientes de economías avanzadas como Estados Unidos, Canadá, Países Bajos y España.

A primera vista, el diagnóstico es claro: Chile atrae capital, retiene capital y diversifica sectores. Sin embargo, cuando se observa otro indicador clave del desarrollo productivo —las exportaciones de servicios modernos— el relato comienza a resquebrajarse. A pesar de tener más de tres veces la población de Costa Rica y flujos de IED significativamente mayores, Chile exporta apenas un tercio del valor de servicios modernos que Costa Rica.

Esta brecha no es anecdótica. Es estructural. Y revela una verdad incómoda: no toda la IED, ni siquiera la que se reinvierte, genera el mismo tipo de desarrollo.

Reinversión no es sinónimo de transformación productiva

Uno de los principales argumentos a favor del desempeño chileno es la alta participación de la reinversión de utilidades en la IED reciente. En teoría, la reinversión es una señal de confianza, rentabilidad y compromiso de largo plazo. Y lo es. Pero ese argumento suele omitir una pregunta clave: ¿reinversión en qué?

En Chile, la reinversión se concentra mayoritariamente en sectores altamente intensivos en capital físico: minería (cobre y litio) y energía, en particular renovables. Estos sectores son estratégicos, rentables y necesarios, pero tienen una característica común: su capacidad de generar spillovers cognitivos y servicios exportables es limitada. Generan empleo, encadenamientos y renta, pero no necesariamente escalan capacidades exportables basadas en conocimiento.

Costa Rica, en cambio, muestra un patrón distinto. Su reinversión de utilidades —aunque menor en montos absolutos— se dirige principalmente a profundizar funciones dentro de cadenas globales de valor, especialmente en servicios empresariales, ingeniería, tecnologías de la información, análisis de datos y servicios intensivos en capital humano. La diferencia no es contable; es funcional.

En otras palabras, la reinversión en Chile profundiza activos; la reinversión en Costa Rica profundiza capacidades.

Servicios globales no son lo mismo que servicios modernos exportables

Un segundo punto crítico es la confusión frecuente entre “servicios globales” y “servicios modernos exportables”. Chile ha mostrado un crecimiento relevante en proyectos vinculados a data centers, infraestructura digital y servicios tecnológicos asociados a energía y conectividad. Estos avances son reales y positivos, pero no se traducen automáticamente en exportaciones de servicios Modo 1: software, BPO avanzado, ingeniería remota, servicios profesionales intensivos en conocimiento.

Costa Rica sí logró esa traducción. A través de un ecosistema orientado a la exportación de servicios modernos, convirtió la IED en una plataforma para producir y exportar conocimiento, no solo para operar infraestructura. El resultado es una canasta exportadora donde los servicios modernos no son marginales, sino protagonistas.

Aquí emerge una distinción clave: Chile atrae IED para producir recursos e infraestructura; Costa Rica atrae IED para producir funciones, procesos y conocimiento.

El problema no es la cantidad de IED, sino su traducción productiva

Desde una perspectiva más estructural, el contraste entre ambos países revela un problema clásico de desarrollo: la dualidad productiva. Chile ha sido extraordinariamente exitoso en atraer capital extranjero hacia sectores de alta rentabilidad, pero ha tenido mayores dificultades para convertir ese capital en una base amplia de capacidades exportables intensivas en conocimiento.

Costa Rica, por el contrario, logró reducir la asimetría de información del inversionista extranjero no solo en la entrada, sino en la permanencia. El inversionista entiende el “juego”: sabe qué talento encontrará, qué funciones puede escalar y qué capacidades locales puede desarrollar. Esa claridad explica por qué la IED no solo entra, sino que se queda, se reinvierte y se transforma en exportaciones de servicios modernos.

El resultado es paradójico solo en apariencia: un país pequeño, con menos población y menos IED, exporta más servicios modernos que una economía más grande y más capitalizada.

Una lección incómoda para la política pública

La comparación entre Chile y Costa Rica deja una lección clara: atraer IED no es suficiente. Incluso lograr altos niveles de reinversión de utilidades tampoco garantiza, por sí solo, una transformación productiva profunda. Lo que importa es dónde y cómo se reinvierte, y si esa reinversión alimenta un proceso sostenido de aprendizaje, upgrading y exportación de conocimiento.

Chile no tiene un problema de IED. Tiene un problema de traducción productiva de la IED. Resolverlo no pasa por atraer más capital, sino por diseñar una estrategia que convierta ese capital en capacidades, servicios modernos y productividad de largo plazo.

Porque, al final, la IED que solo entra es estadística; la IED que se transforma en conocimiento exportable es desarrollo.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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