Fábricas, no ideas: la verdadera guerra del chip
En el debate público se repite una idea cómoda: que la competencia en semiconductores se libra en el terreno del diseño. Suena moderno, liviano y hasta elegante, como si el valor estuviera únicamente en la creatividad y la fabricación fuese un detalle técnico intercambiable. Pero el mundo real está gritando otra cosa.
Si hoy TSMC e Intel compiten en Estados Unidos por construir plantas de fabricación de chips —y no por abrir centros de diseño— es porque la industria entró en una fase distinta: la fase del poder físico.
Un artículo reciente de fDi Intelligence lo deja claro. El proyecto de TSMC en Arizona ya se mueve en una escala que no pertenece al mundo de las empresas emergentes, sino al de la infraestructura estratégica: $165.000 millones de inversión anunciada. Esa cifra no se explica por márgenes de rentabilidad ni por “innovación” en abstracto. Se explica por una verdad incómoda: quien controla la capacidad de fabricación avanzada controla el ritmo de la inteligencia artificial, la defensa y la productividad futura.
¿Por qué la pelea es por fábricas y por qué ocurre fuera de Taiwán?
Primero, porque la geopolítica dejó de ser una nota al pie. La dependencia mundial de la fabricación avanzada en Taiwán no es un dato técnico: es un riesgo sistémico. El propio gobierno de Estados Unidos reconoce que Taiwán concentra más del 90% de la fabricación en la frontera tecnológica y más del 60% de los ingresos globales de las empresas dedicadas a producir chips para terceros.
En otras palabras: se puede diseñar el mejor chip del mundo, pero si el cuello de botella geopolítico está concentrado en una sola isla, ese diseño es apenas una promesa, no un producto.
Segundo, porque fabricar chips de punta es extremadamente caro y lento. Una planta moderna ya no cuesta “miles de millones”, sino decenas de miles de millones de dólares. Las estimaciones habituales sitúan una planta avanzada en un rango de $10.000 a $20.000 millones o más.
El equipamiento clave roza la ciencia ficción industrial: una sola máquina de litografía de última generación puede costar alrededor de $250 millones. Con estas magnitudes, no se construye simplemente una fábrica; se construye un sistema productivo nacional.
Tercero, porque Estados Unidos está pagando deliberadamente para relocalizar capacidad productiva. La ley CHIPS and Science Act asigna $52.700 millones para fortalecer la fabricación y la investigación, incluyendo $39.000 millones en incentivos directos y créditos fiscales. En este contexto, Intel elevó su proyecto en Ohio a $28.000 millones.
Este no es un mercado “normal”: es política industrial con lógica de seguridad nacional.
Y cuarto, porque la inteligencia artificial volvió aún más valiosa la capacidad de producción. La demanda ya no es solo por chips, sino por volumen, calidad de fabricación, empaquetado avanzado y tiempos de entrega.
TSMC no está expandiendo únicamente plantas de fabricación: su inversión incluye también instalaciones de ensamblaje avanzado y un centro de investigación y desarrollo. El liderazgo en inteligencia artificial ya no se define solo en el disco de silicio, sino en la etapa donde se ensamblan arquitecturas complejas y se convierte el diseño en desempeño real.
Entonces, ¿por qué Nvidia lidera la inteligencia artificial sin fabricar?
Porque la industria del chip se partió en dos mundos claramente distintos.
Por un lado, el mundo del diseño y el software, donde se gana por arquitectura, ecosistema y capacidad de integrar soluciones.
Por otro, el mundo de la fabricación y el escalamiento físico, donde se gana por capacidad instalada, disciplina industrial y consistencia en la producción.
Nvidia domina el primer mundo. Diseña los procesadores más avanzados para inteligencia artificial, define los estándares y controla el ecosistema. Pero, como la mayoría de las grandes empresas de diseño, no fabrica sus propios chips. Su liderazgo depende de que otros —principalmente TSMC— puedan producirlos a gran escala.
Aquí está el punto clave: Nvidia no compite directamente con Intel o TSMC. Juegan juegos distintos.
Nvidia compite por definir qué chip se usa para inteligencia artificial.
TSMC e Intel compiten por quién puede fabricar, ensamblar y entregar esos chips en el mundo físico, bajo restricciones geopolíticas y con apoyo estatal.
Por eso la competencia visible se trasladó fuera de Taiwán. No es romanticismo industrial ni nostalgia manufacturera. Es reducción de riesgo y control de capacidad crítica.
La pregunta incómoda para Costa Rica: ¿se puede volver a participar?
Sí, pero no como algunos imaginan.
Si volver significa atraer una planta de fabricación en la frontera tecnológica, la respuesta realista es no, al menos en el corto y mediano plazo. No por falta de talento, sino por economía de escala y costos país: energía, agua, infraestructura industrial, cadenas de proveedores, masa crítica de ingenieros especializados y logística extremadamente compleja. En esta liga, los proyectos cuestan $15.000–20.000 millones por planta y requieren conglomerados industriales gigantescos.
Pero si volver significa integrarse en los eslabones donde hoy se está reconfigurando la cadena de valor, entonces Costa Rica sí tiene una ventana real. El país ya participa en investigación, diseño, verificación, ensamblaje y pruebas, y existe una hoja de ruta pública que reconoce esas oportunidades.
Costa Rica no parte de cero. Intel consolidó en el país un centro de ingeniería y servicios de alto valor, y Qorvo expandió manufactura especializada en telecomunicaciones. Que luego existan reacomodos globales no invalida la estrategia; al contrario, confirma la necesidad de escoger bien el nicho y hacerlo robusto.
El verdadero nicho: no fabricar discos, sino valor
Si tuviera que resumir una estrategia realista y disruptiva, diría esto:
Costa Rica debe dejar de fantasear con grandes fábricas y apostar por un triángulo ganador:
Ensamblaje avanzado, pruebas, confiabilidad y análisis de fallas, donde el mundo está invirtiendo junto a las plantas de fabricación y donde el talento es decisivo.
Verificación de diseño y validación de sistemas, servicios exportables de alto valor agregado.
Equipos, medición, mantenimiento especializado y proveedores técnicos, conectando pequeñas y medianas empresas locales con multinacionales.
Esto encaja con la estrategia de Estados Unidos de acercar segmentos críticos sin mover toda la frontera tecnológica, y con la ventaja comparativa costarricense: talento humano, régimen de exportación, estabilidad relativa y experiencia en servicios modernos.
La conclusión incómoda
La guerra del chip no es una guerra de ideas. Es una guerra de capacidad física estratégica.
Por eso TSMC e Intel compiten por plantas en Estados Unidos, con subsidios, conglomerados industriales y ensamblaje avanzado.
Y por eso Nvidia puede seguir siendo el cerebro de la inteligencia artificial sin tocar silicio: porque su poder vive en el diseño, mientras otros convierten esa inteligencia en producción real.
Costa Rica puede participar, sí. Pero no copiando a Arizona.
Participará si entiende lo esencial: en esta industria, los países pequeños ganan cuando se vuelven irremplazables en un eslabón crítico, medible y escalable.