IA, aprendizaje colectivo e IED: la nueva señal silenciosa que Costa Rica aún no está midiendo
En muchos países, el debate público sobre inteligencia artificial (IA) se ha concentrado en los algoritmos, los modelos fundacionales y las grandes empresas tecnológicas. Pero esa discusión, aunque relevante, está incompleta. El verdadero potencial de la IA para economías pequeñas y abiertas como Costa Rica no reside en poseer el algoritmo, sino en algo mucho más estratégico: la dinámica de aprendizaje colectivo que su adopción genera.
La IA no transforma un país porque lo entrene. Lo transforma porque sus ciudadanos, empresas e instituciones aprenden a usarla.
Y ese aprendizaje, cuando se masifica, se convierte en capital cognitivo nacional.
Ese es el punto que quiero poner sobre la mesa en el debate público costarricense: la adopción amplia y estratégica de la IA puede convertirse en una política pública deliberada para fortalecer nuestra productividad y, como consecuencia, nuestra capacidad de atraer inversión extranjera directa (IED) de mayor sofisticación.
De la herramienta tecnológica al capital cognitivo
Cada vez que una persona formula un prompt, corrige una respuesta o refina un uso, está generando aprendizaje individual. Cuando miles de personas lo hacen, en empresas, universidades, instituciones públicas, ese aprendizaje se convierte en un fenómeno agregado.
Es un efecto de red, pero no del algoritmo: es del ecosistema humano.
La IA global no se vuelve costarricense. Pero el trabajador costarricense sí puede volverse más sofisticado al usarla. Las empresas pueden optimizar procesos. Las instituciones pueden mejorar análisis, regulación y diseño de políticas. La administración pública puede volverse más eficiente.
Ese proceso no depende de poseer la tecnología. Depende de integrarla inteligentemente.
Y aquí aparece la conexión con la IED.
La señal que los inversionistas sí leen
Los inversionistas extranjeros no deciden únicamente en función de impuestos o infraestructura. También evalúan algo más intangible: la capacidad institucional y el capital humano sofisticado del país receptor.
Una economía donde la IA es adoptada transversalmente envía señales poderosas:
Que su fuerza laboral es adaptable.
Que sus empresas aprenden rápido.
Que su gobierno entiende la transformación tecnológica.
Que la productividad puede sostener retornos de largo plazo.
En términos económicos, se reduce la asimetría de información. Se percibe menor riesgo. Se anticipa mayor eficiencia operativa.
En mis investigaciones sobre señalización y efectos de demostración en IED he observado un patrón consistente: los inversionistas reaccionan a señales creíbles de sofisticación productiva. La adopción estructural de IA puede convertirse en una de esas señales.
No es retórica. Es economía de la información aplicada.
Una política pública distinta
Si aceptamos esta premisa, el enfoque cambia.
La IA no debe tratarse solo como gasto en tecnología, sino como activo estratégico de aprendizaje nacional.
Propongo cuatro líneas de acción concretas:
1. Medir la intensidad real de adopción
No basta con saber cuántas empresas tienen acceso a IA. Hay que medir:
Uso efectivo en procesos centrales.
Participación de trabajadores en programas de alfabetización en IA.
Integración en servicios públicos.
Resultados en eficiencia y productividad.
Podríamos construir un índice nacional de intensidad de adopción de IA que funcione como indicador adelantado de productividad.
Si no se mide, no se gestiona.
2. Democratizar las capacidades
No puede ser un fenómeno de élite. La adopción debe llegar a pymes, sector público, docentes, profesionales independientes.
La ventaja comparativa futura no será solo tener ingenieros, sino tener trabajadores de todos los niveles que sepan integrar IA en su quehacer diario.
Eso sí transforma estructura productiva.
3. Incentivar aplicación, no compra
Subsidios para licencias no generan impacto estructural. Lo que genera impacto es:
Implementación en procesos.
Rediseño organizacional.
Integración en toma de decisiones.
La política pública debe premiar uso transformador, no adquisición pasiva.
4. Integrar IA en las instituciones de promoción de inversión
Si PROCOMER, CINDE u otras agencias muestran uso sofisticado de IA en análisis sectorial, inteligencia de mercados y evaluación de impacto, la señal externa cambia.
La institucionalidad aprende. Y el mundo lo nota.
Productividad, señalización y reputación
Existe amplia evidencia econométrica de que la productividad laboral es un determinante clave de la IED, especialmente en sectores intensivos en conocimiento.
Pero la productividad no surge mágicamente. Es resultado de capital humano, organización empresarial y capacidad de absorción tecnológica.
La adopción masiva de IA acelera ese proceso. Además, envía un mensaje reputacional: somos una economía que aprende.
En un mundo donde la inversión tecnológica compite por destinos con talento adaptable, esa reputación importa.
Límites y realismo
No estoy sugiriendo que la IA sustituya Estado de derecho, estabilidad macroeconómica o infraestructura.
Sin fundamentos básicos no hay inversión.
Pero en un contexto global donde la sofisticación tecnológica se vuelve cada vez más relevante, ignorar el potencial estratégico de la IA sería miope.
También debemos evitar que la adopción amplifique desigualdades. Si solo ciertos segmentos acceden a las herramientas, el efecto agregado se diluye.
El capital cognitivo debe expandirse de manera inclusiva.
La discusión que Costa Rica necesita
Costa Rica ha construido una historia exitosa de atracción de IED basada en capital humano y estabilidad institucional. Pero los modelos productivos evolucionan.
La próxima ventaja competitiva no será solo tener zonas francas o incentivos fiscales. Será demostrar capacidad de aprendizaje colectivo acelerado.
Y eso puede institucionalizarse. La IA, bien entendida, es menos un fin y más un catalizador. Es una infraestructura invisible de aprendizaje.
Si logramos integrar su adopción como política pública estratégica, no solo mejoraremos productividad. También reduciremos fricciones informativas y enviaremos una señal clara a los inversionistas internacionales: este país no solo recibe tecnología, la integra y aprende con ella.
Ese es el verdadero salto.
No se trata de tener el algoritmo más avanzado. Se trata de tener la sociedad que mejor lo usa.
Y ahí, Costa Rica todavía tiene espacio para volar más alto.