El dólar ajusta precios; la educación define el destino

En las últimas semanas, el debate público en Costa Rica ha girado con intensidad en torno al tipo de cambio. Que si el dólar baja demasiado. Que si afecta a exportadores. Que si erosiona competitividad. Que si alguien debiera hacer algo.

El tipo de cambio importa. Es un precio relativo clave en una economía abierta. Pero conviene ponerlo en su lugar conceptual correcto: es un precio que obedece, en gran medida, a la oferta y demanda de divisas, a flujos de capital, comercio exterior y expectativas. Es una variable de ajuste.

No es el destino económico del país.

Cuando el tipo de cambio baja, algunos sectores exportadores enfrentan márgenes más estrechos. Pero al mismo tiempo, los consumidores se benefician con menores presiones inflacionarias sobre bienes importados. Las empresas que importan insumos ven reducir sus costos. El efecto no es catastrófico ni unidireccional: es redistributivo.

El tipo de cambio redistribuye rentabilidades en el corto plazo.

La educación, en cambio, determina capacidades en el largo plazo.

Y ahí está la jerarquía olvidada del debate nacional.

El corto plazo grita. El largo plazo susurra.

El tipo de cambio cambia todos los días. Genera titulares. Produce ganadores y perdedores visibles. Es fácil de narrar: sube, baja, afecta.

La calidad de la educación no genera titulares diarios. Pero sus efectos son infinitamente más profundos.

Desde hace varios años, los resultados de Costa Rica en pruebas internacionales como PISA muestran una tendencia preocupante. Más allá del detalle técnico, el mensaje es claro: nuestras habilidades cognitivas promedio en matemáticas, lectura y ciencias no están mejorando. En algunos casos, retroceden.

Eso no es un problema coyuntural. Es un problema estructural.

La evidencia internacional es robusta: las diferencias en habilidades cognitivas explican diferencias persistentes en crecimiento del PIB per cápita entre países. No los precios relativos. No los ajustes cambiarios. Las capacidades.

El tipo de cambio puede afectar la competitividad contable de una empresa hoy.
La calidad educativa determina la competitividad real de una economía mañana.

Uno mueve márgenes. La otra mueve fronteras.

Capital humano: la verdadera variable estratégica

Costa Rica ha logrado atraer inversión extranjera directa de alto valor agregado. Servicios modernos, manufactura avanzada, dispositivos médicos, operaciones sofisticadas. Eso no ocurrió por casualidad. Ocurrió porque hubo una base de capital humano razonablemente sólida.

Pero esa base no es eterna.

Si las habilidades matemáticas y analíticas de las nuevas generaciones se deterioran, el modelo productivo que hoy defendemos comenzará a erosionarse desde adentro.

La inversión extranjera directa no se sostiene en tipo de cambio competitivo. Se sostiene en talento.

Las empresas globales internalizan precios. Lo que no pueden internalizar fácilmente es escasez de habilidades.

Y aquí es donde la discusión pública debería elevarse.

En lugar de concentrarnos obsesivamente en el precio del dólar, deberíamos preguntarnos:

¿Estamos formando suficientes jóvenes con capacidad de abstracción, razonamiento lógico y resolución de problemas complejos?

¿Estamos enseñando matemáticas como memorización o como lenguaje estructural del mundo?

¿Estamos preparando a nuestros niños para entender probabilidades, incentivos, datos y causalidad?

Esa es la discusión país.

El sesgo de presente y la política pública

¿Por qué, entonces, hablamos tanto de tipo de cambio y tan poco de calidad educativa?

La respuesta es incómoda pero simple: el tipo de cambio tiene impacto visible e inmediato. La educación tiene impacto lento y acumulativo.

El mercado de la atención premia lo urgente. La política premia lo que genera reacción rápida. La educación exige paciencia intergeneracional.

Pero el desarrollo sostenible no se construye en ciclos noticiosos. Se construye en décadas.

Corea del Sur no dio el salto productivo manipulando precios relativos. Lo hizo invirtiendo sistemáticamente en educación de alta calidad. Finlandia no se convirtió en referente global ajustando su tipo de cambio. Lo hizo fortaleciendo su sistema educativo.

Los precios coordinan decisiones de corto plazo. La educación construye capacidades de largo plazo.

Confundir ambos niveles es un error estratégico.

Redistribuir o crear

Cuando el tipo de cambio se mueve, redistribuye ingresos entre sectores.

Cuando la educación mejora, crea nueva riqueza potencial.

Es la diferencia entre ajustar una estructura existente y expandir la frontera productiva.

Costa Rica puede seguir discutiendo cómo proteger márgenes hoy. O puede empezar a discutir cómo expandir capacidades mañana.

No se trata de ignorar la macroeconomía. Se trata de jerarquizar.

Un país pequeño y abierto no puede fijar precios globales a voluntad. Pero sí puede decidir cómo forma a sus niños.

Y esa decisión tiene consecuencias mucho más profundas que cualquier ajuste cambiario.

La verdadera señal país

Si algo debiera convertirse en señal estratégica para Costa Rica no es el nivel puntual del tipo de cambio, sino el nivel de sus habilidades cognitivas promedio.

Una generación que disfruta y entiende las matemáticas no solo será más productiva. Será más libre. Entenderá mejor precios, incentivos, riesgos y oportunidades.

El desarrollo no comienza en el Banco Central. Comienza en el aula.

Y si queremos discutir seriamente competitividad, inversión extranjera directa y productividad, el punto de partida no es el dólar.

Es la calidad de la educación.

Los precios ajustan. Las capacidades construyen.

Y en esa diferencia está la verdadera agenda de largo plazo para Costa Rica.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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