Costa Rica está apagando su principal motor silencioso de empleo
Durante más de dos décadas, Costa Rica construyó uno de los activos institucionales más eficientes de su historia económica: una agencia de promoción de inversión extranjera directa (IED) pequeña, técnica, especializada y extraordinariamente productiva. No fue un milagro, ni una casualidad, ni una moda. Fue diseño institucional bien ejecutado.
Ese activo se llama CINDE.
Hoy, sin embargo, el país parece decidido a desmontarlo por inanición presupuestaria. No por un debate serio sobre su efectividad. No por evidencia de fracaso. No por una evaluación costo-beneficio negativa. Simplemente por no entender —o no querer entender— cómo se crea empleo formal, productivo y sostenible en una economía pequeña y abierta.
Los datos son claros. Y cuando los datos son claros, callar deja de ser prudencia y se convierte en negligencia.
Un multiplicador que ningún ministerio logra replicar
Entre 2003 y 2022, CINDE operó con presupuestos anuales que oscilaron entre 1,6 y 5,9 millones de dólares. Con equipos promedio de 30 a 70 personas, logró atraer entre 20 y 35 empresas nuevas por año, generando entre 5.000 y más de 20.000 empleos netos anuales.
En 2021 y 2022 —años de recuperación global compleja— las empresas atraídas por CINDE generaron casi 40.000 empleos netos en solo dos años.
No hay política pública en Costa Rica que, con ese nivel de gasto, haya logrado algo remotamente parecido.
El costo por empleo generado fue, en términos internacionales, extraordinariamente bajo. No porque CINDE “comprara” inversión, sino porque redujo incertidumbre, aceleró decisiones y coordinó actores en procesos donde el capital global compara países en tiempo real.
Eso es exactamente lo que hace una buena agencia de promoción de IED.
El quiebre: cuando el presupuesto deja de ser técnico y pasa a ser político
A partir de 2023 ocurre una ruptura evidente.
El presupuesto ejecutado de CINDE cae de 5,9 millones de dólares a 4,5 millones, luego a 2,6 millones y finalmente a 2,0 millones en 2025. El personal promedio se reduce de casi 70 personas a 28. El número de empresas nuevas atraídas cae de 35 a 19. El empleo neto generado se desploma de más de 20.000 a apenas 3.259 puestos en 2025.
No hay que ser economista para entender esta relación. Pero ayuda.
Esto no es un ciclo económico. No es la pandemia. No es “maduración del modelo”. Es restricción operativa pura. Menos recursos → menos capacidad técnica → menos cierres → menos empleo.
La IED no se evapora de golpe. Se pierde en el margen, decisión por decisión, proyecto por proyecto. Y cuando el país se da cuenta, ya es tarde.
El dato más incómodo: Costa Rica sigue siendo visible, pero no convierte
Hay un elemento aún más revelador.
Los anuncios globales de inversión registrados por fDi Markets no caen en la misma proporción que los resultados de CINDE. En 2023 aún se registran 122 anuncios, en 2024 53 y en 2025 43.
Es decir: Costa Rica sigue estando en el radar.
Lo que está fallando no es la visibilidad. Es la conversión. Y convertir oportunidades en decisiones es, precisamente, la razón de existir de CINDE.
Un país sin capacidad de cierre es como una empresa con muchos clientes interesados pero sin equipo comercial. El mercado no perdona eso.
El falso sustituto: por qué PROCOMER no puede hacer este trabajo
Ante este deterioro, algunos sugieren que otras instituciones pueden “absorber” la función. Es un error conceptual grave.
PROCOMER es una excelente agencia de promoción de exportaciones. Tiene otra lógica, otra cultura organizacional y otros instrumentos. Funciona muy bien para empresas locales que ya producen y venden.
La atracción de IED es otra tecnología institucional: requiere manejo de riesgo país, negociación estratégica, conocimiento profundo de cadenas globales de valor, talento humano, regímenes especiales y decisiones que involucran cientos de millones de dólares.
No es un juicio de valor. Es un juicio técnico. Pedirle a PROCOMER que haga lo que hacía CINDE es como pedirle a un banco comercial que actúe como fondo de capital de riesgo avanzado. No es lo mismo y no lo será por decreto.
El error de política pública de fondo
Costa Rica está tratando la atracción de IED como un gasto discrecional, cuando en realidad es una inversión productiva con retornos medibles.
Cada dólar recortado a CINDE no ahorra recursos: destruye un multiplicador. Menos empleo formal, menos exportaciones futuras, menos transferencia de conocimiento, menos productividad sistémica.
Y lo más grave: este error no se siente hoy. Se siente en tres, cinco o siete años, cuando las empresas que hoy evalúan a Costa Rica ya tomaron decisiones irreversibles en otros países.
La política pública miope siempre gana aplausos hoy y factura mañana.
Esto no es nostalgia. Es evidencia.
No se trata de defender personas, ni gestiones pasadas, ni estructuras por costumbre. Se trata de reconocer cuándo una institución funciona y cuándo no.
Los datos muestran que CINDE fue una de las políticas públicas más costo-efectivas de Costa Rica. Su debilitamiento no responde a evidencia contraria, sino a una incomprensión peligrosa de cómo se construye desarrollo en una economía pequeña.
Un país que debilita silenciosamente su mejor instrumento de creación de empleo formal no está haciendo austeridad. Está hipotecando su futuro productivo.
Decirlo no es ideológico. Callarlo sí sería irresponsable.
Costa Rica todavía está a tiempo. Pero el reloj no se detiene por buenas intenciones. Y los mercados, mucho menos.
Quienes hoy creen que debilitar a CINDE no tiene consecuencias cometen un error grave de diagnóstico. La IED no se genera sola, no llega por inercia ni por buena reputación pasada: se compite, se persuade y se cierra. Apagar esa capacidad es como desmantelar la torre de control de un aeropuerto porque los aviones ya conocen la pista. No habrá escándalo inmediato, ni titulares ruidosos; solo menos decisiones a favor de Costa Rica, menos empleo formal bien pagado y más años perdidos intentando entender por qué el país dejó de despegar.
La IED no se pierde por ideología ni por discursos: se pierde cuando quienes deciden no entienden el mecanismo que la hace posible y, aun así, tienen el poder de destruirlo.