De la fascinación al impacto real: por qué incentivar la adopción de IA es la revolución que ninguna empresa quiere admitir

Vivimos una paradoja: las empresas invierten más que nunca en inteligencia artificial —se proyecta que el gasto corporativo en IA superará los 300 mil millones de dólares en 2025— y casi 90% de los trabajadores del conocimiento usa IA en su trabajo, según investigación reciente de Wharton. Sin embargo, solo 5% de los empleados utiliza esta tecnología para transformar realmente su trabajo y generar impacto sistémico en resultados productivos. 

Esa brecha entre adopción de herramientas y adopción con propósito no es un detalle técnico: es la falla estructural más grande de nuestra era productiva. Porque la historia de la tecnología nos enseña que tener acceso a una revolución no significa beneficiarse de ella. El acceso sin incentivo se traduce en desperdicio —como vimos con la primera ola de herramientas digitales en la década pasada, donde muchas organizaciones compraron licencias sin cambiar procesos ni métricas de desempeño—.

La verdadera adopción de IA no se mide por cuántos empleados tienen acceso, sino por cuántos la incorporan en su trabajo diario y la usan para resolver problemas reales, mejorar decisiones y crear valor. Y ahí es donde falla la mayoría de las estrategias corporativas hoy: no hay incentivos claros ni alineados para que los empleados quieran, puedan y sean recompensados por usar IA de forma productiva. La mayor falla de la revolución de la IA no es tecnológica: es organizacional.

El mito del ROI automático

Muchas empresas invierten en herramientas, licencias y capacitación básica, y esperan que la productividad aumente automáticamente. Esa visión es ilusoria. Estudios recientes muestran que, aunque más de tres cuartas partes de los líderes empresariales reportan retornos positivos de sus inversiones en IA, la adopción profunda sigue atascada por barreras culturales, de confianza y de incentivos humanos. 

Este dilema es doble: por un lado, las organizaciones ven la IA como una oportunidad para aumentar eficiencia y decisiones basadas en datos; por otro, los trabajadores la ven con recelo —temen ser reemplazados o no entender cómo encaja en sus responsabilidades—. Más de la mitad de los empleados, en estudios de Wharton, no confía en los sistemas de IA y percibe que podrían perder su empleo por ellos. 

El aprendizaje de las transformaciones tecnológicas previas (como el salto al cómputo móvil y el comercio electrónico) fue claro: el verdadero catalizador de adopción no fue la tecnología en sí, sino los incentivos que cambiaron comportamientos. Pero a diferencia del pasado, la IA no solo optimiza tareas existentes; transforma roles, redefine procesos y reconfigura mercados enteros. Eso exige una revisión radical de los incentivos tradicionales en las organizaciones.

Incentivos: el pegamento que falta

Si queremos que más empleados adopten IA de forma creativa y productiva, tenemos que reimaginar cómo se mide, valora y recompensa el trabajo diario. Aquí es donde la mayoría de las empresas todavía se queda atrás.

El primer error es tratar la IA como una herramienta más que el trabajador tiene que usar, sin cambiar nada más. Pero la evidencia emergente apunta a que la adopción real depende de dos variables humanas clave: habilidad y voluntad. Es decir, no basta con capacitar; hay que motivar y recompensar el uso inteligente de la IA

Eso significa diseñar estructuras de incentivos que no se enfoquen solo en horas de uso o cumplimiento de capacitación, sino en impacto real: cómo la IA cambia la forma en que se logra un resultado valioso. Por ejemplo:

  • Incentivos de desempeño ligados a casos de impacto: bonificaciones o reconocimientos basados en mejoras concretas de productividad y resultados empresariales derivados del uso de IA.

  • Reconocimiento de innovación interna: programas que premien a quienes encuentren formas novedosas de aplicar IA que generen impacto, incluso si no están en roles técnicos.

  • Compartir los beneficios: permitir que los trabajadores se beneficien directamente de los resultados que generan (por ejemplo, participación en ganancias o desarrollo profesional acelerado).

Estas no son ideas abstractas: son enfoques que ya algunas empresas pioneras están experimentando y que pueden cerrar la brecha entre uso y adopción real. 

La adopción no se improvisa: se diseña

La adopción de IA no es un fenómeno espontáneo que aparece cuando hay una herramienta buena. Es un proceso integrado que requiere liderazgo con visión, métricas que importan y, sobre todo, incentivos que alineen los objetivos de la empresa con los intereses del trabajador. Esto es especialmente urgente en un momento en que la IA deja de ser una ventaja competitiva opcional y se convierte en un factor ordenante de productividad y crecimiento económico.

Mi propio análisis, basado en investigación global, muestra que la adopción de IA está acelerando, pero que la verdadera frontera de la productividad se logra cuando la tecnología es parte integral del trabajo humano, no un complemento pasajero. El gran error, tanto en América Latina como en economías avanzadas, ha sido enfocarse en comprar herramientas sin acompañarlas de estrategias humanas de adopción diseñadas deliberadamente.

Un llamado a la acción

Este es un llamado urgente a CEOs, CHROs, líderes de transformación digital y responsables de estrategia: dejen de tratar la adopción de IA como un objetivo de tecnología y comiencen a tratarla como un objetivo de comportamiento humano. La brecha entre inversión y adopción no se cerrará con más licencias de software; se cerrará con diseño de incentivos, medición de impacto real y estructuras organizacionales que recompensen la curiosidad, el aprendizaje continuo y la voluntad de reinventar la forma de trabajar.

La IA puede ser el multiplicador de productividad más importante de nuestra generación, pero solo si entienden que las máquinas no adoptan tecnología: las personas sí. Y las personas adoptan aquello por lo que son recompensadas, reconocidas y valoradas.

No hay estrategia tecnológica sin estrategia humana.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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