Cuando ser racional nos lleva al peor resultado: el dilema del prisionero y por qué la repetición salva la cooperación

La economía suele partir de una premisa incómoda pero realista: los individuos son racionales y buscan maximizar su propio beneficio. Sin embargo, uno de los resultados más fascinantes —y perturbadores— de la teoría de juegos muestra que actuar racionalmente puede conducir a resultados colectivamente peores. Ese resultado tiene nombre propio: el Dilema del Prisionero.

Este artículo explica por qué, en interacciones únicas, el interés propio empuja a la traición; por qué ese resultado se repite en la vida diaria; y por qué la iteración del juego cambia radicalmente las reglas del comportamiento humano y económico.

Esta intuición fue formalizada con rigor por Robert Aumann, Premio Nobel de Economía en 2005, cuyo trabajo pionero sobre juegos repetidos mostró que la cooperación puede emerger como resultado racional y estable cuando los agentes anticipan interacciones futuras y valoran la reputación, la reciprocidad y el castigo intertemporal.

El dilema del prisionero: racionalidad individual, fracaso colectivo

En su forma clásica, el dilema es simple:

  • Dos jugadores deciden simultáneamente cooperar o traicionar.

  • Cada uno razona así:

    • Si el otro coopera, me conviene traicionar.

    • Si el otro traiciona, también me conviene traicionar para no quedar peor.

El resultado inevitable es que ambos traicionan, aun cuando ambos estarían mejor si cooperaran.

La paradoja es profunda: la racionalidad individual conduce a un equilibrio que nadie desea.

El dilema no vive en las cárceles: vive en la vida diaria

El error común es pensar que el dilema del prisionero es un juego abstracto. En realidad, es una estructura de incentivos que aparece constantemente en la vida cotidiana, en mercados, relaciones sociales y decisiones públicas.

En interacciones únicas, incluso Estados que preferirían la paz pueden elegir el conflicto por miedo a quedar vulnerables; como mostró Robert Aumann, la repetición del juego y la expectativa de encuentros futuros son claves para sostener la cooperación y la paz.

En todos estos casos ocurre lo mismo:

  • cooperar es mejor colectivamente,

  • traicionar es racional individualmente,

  • el resultado final es peor para todos.

Por qué traicionamos: incentivos, no moral

El dilema del prisionero no es un juicio moral. Es un diagnóstico estructural.

Ocurre porque:

  1. El beneficio individual de traicionar es inmediato.

  2. El costo colectivo está distribuido.

  3. No hay castigo futuro en interacciones únicas.

  4. La desconfianza domina la expectativa.

Dicho sin eufemismos: cuando el juego se juega una sola vez, ser “bueno” es ingenuo.

El giro fundamental: cuando el juego se repite

Aquí entra la contribución clave de Robert Aumann y la teoría de juegos repetidos.

Cuando las interacciones no son únicas, cambian los incentivos:

  • aparece la reputación,

  • existe la posibilidad de castigo futuro,

  • la cooperación se vuelve estratégicamente racional.

En juegos repetidos: cooperar hoy puede maximizar el beneficio total de mañana.

La racionalidad deja de ser miope y se vuelve intertemporal.

Este resultado no es anecdótico ni circunstancial. De hecho, en la teoría de juegos se formaliza en lo que se conoce como el folk theorem: en juegos repetidos con horizonte suficientemente largo, una amplia gama de resultados cooperativos puede sostenerse como equilibrio, incluso entre agentes plenamente racionales y egoístas, siempre que existan mecanismos creíbles de castigo y memoria del comportamiento pasado.

Cooperación como equilibrio racional

Aumann demostró que, bajo ciertas condiciones:

  • horizonte largo o indefinido,

  • información sobre el comportamiento pasado,

  • posibilidad de castigo creíble,

la cooperación emerge como equilibrio, incluso entre agentes egoístas y racionales.

No porque se vuelvan altruistas, sino porque la traición deja de ser rentable.

Este resultado explica por qué:

  • las comunidades funcionan,

  • las empresas cuidan su reputación,

  • los países sostienen tratados,

  • las personas cooperan en relaciones duraderas.

La diferencia entre sociedades que funcionan y las que no

Desde esta perspectiva, la diferencia entre sociedades no está en la bondad de las personas, sino en:

  • si las interacciones son repetidas o anónimas,

  • si existen instituciones que castigan la traición,

  • si la cooperación es visible y recompensada.

Las sociedades disfuncionales convierten todo en un juego único.
Las sociedades funcionales transforman la vida en un juego repetido.

Cierre

El dilema del prisionero nos enseña algo incómodo pero liberador: no fallamos porque seamos malos, fallamos porque los incentivos están mal diseñados.

La buena noticia es que los incentivos pueden cambiar. La cooperación no es un acto de fe: es una estrategia racional cuando el futuro importa.

Y como mostró Aumann, cuando sabemos que nos volveremos a encontrar, traicionar deja de ser inteligente.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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