Cuando la evidencia alcanza a la intuición: asimetría de información, valentía intelectual y el verdadero legado de la IED en Costa Rica
Durante décadas, la discusión sobre la atracción de Inversión Extranjera Directa (IED) en países en desarrollo estuvo dominada por una narrativa simple: atraer más capital era, por definición, una buena política. Incentivos fiscales, campañas de promoción y rankings internacionales parecían suficientes para explicar el éxito o el fracaso. Sin embargo, esa visión omitía una pregunta fundamental: ¿qué falla de mercado justifica realmente la existencia de una Agencia de Promoción de Inversiones (API)?
Desde la teoría económica moderna, la respuesta es clara: la asimetría de información. Los inversionistas extranjeros no conocen los mercados locales, sus reglas, capacidades productivas, riesgos reales ni oportunidades efectivas. Esa brecha informativa genera costos fijos de entrada que distorsionan decisiones, retrasan inversiones o simplemente las hacen inviables. Reducir esa asimetría —no subsidiar ni sustituir al mercado— es la única justificación económica sólida para la existencia de una verdadera API.
Esta idea no tiene un autor único. Es el resultado de una evolución conceptual en economía internacional y organización industrial. En América Latina, la economista Eva Paus fue clave al enfatizar que las API no son intermediarias pasivas, sino instituciones que gestionan incertidumbre e información imperfecta, y que de ese rol depende que la IED se traduzca —o no— en desarrollo productivo. Su trabajo sobre los missing links entre inversión extranjera y capacidades locales incomodó a muchos precisamente porque cuestionaba la complacencia institucional.
En mi experiencia profesional, esta lectura teórica nunca fue abstracta. Durante mi paso por CINDE sostuve explícitamente —incluso ante su Junta Directiva— que la existencia misma de la agencia solo se justificaba si corregía una falla de mercado concreta: la asimetría de información que enfrentan los inversionistas extranjeros al evaluar cómo, dónde y con quién invertir en Costa Rica. Esto implicaba un cambio profundo: pasar de una lógica promocional a una lógica de gestión activa de información, incertidumbre y expectativas, alineando capacidades locales con las necesidades reales de las empresas multinacionales.
Ese planteamiento no fue cómodo. Poner en riesgo intelectual a la institución desde dentro no suele ser bien recibido. Pero la alternativa —reproducir inercias sin fundamento económico— era peor. La convicción era simple: si CINDE no corregía una falla de mercado medible, no tenía razón de existir como política pública.
Años después, esa intuición fue alcanzada —y validada— por la evidencia empírica más rigurosa. Un estudio basado en microdatos de empresas multinacionales y en los servicios específicos brindados por CINDE demuestra que la asistencia de la agencia incrementa en 32 puntos porcentuales la probabilidad de que una empresa extranjera establezca su primera filial en Costa Rica. No se trata de correlaciones débiles ni de relatos institucionales: es un efecto causal, económicamente significativo y robusto.
Más aún, los resultados muestran que el impacto es mayor cuando la asistencia se concentra en los servicios de información que CINDE brinda, y para empresas provenientes de países, sectores o contextos con mayores fricciones informativas. Es decir, exactamente donde la teoría predecía que la asimetría de información sería más costosa. La promoción de inversiones no actuó como subsidio ni como discrecionalidad política, sino como un mecanismo de reducción de costos fijos informativos asociados a la entrada a un nuevo país.
Este artículo —que será publicado en el Journal of Development Economics, Volumen 180, marzo de 2026, artículo 103666— no solo valida una hipótesis académica. Corona un enfoque de política pública: cuando una API corrige efectivamente una falla de mercado, su impacto va mucho más allá de atraer flujos de capital y se traduce en resultados estructurales y sostenibles.
Para mí, esta publicación marca un cierre explícito. No porque agoté el tema de la IED, sino porque completa un ciclo, mi ciclo personal: intuición → diseño institucional → resultados → evidencia académica. Pocas veces en la vida profesional se tiene el privilegio de ver ese círculo cerrarse con datos, revisión por pares y validación internacional.
Pero hay algo más profundo que la publicación misma. Este resultado confirma que la valentía intelectual importa. Decir lo que se ve —aunque incomode—, nombrar las fallas de mercado sin eufemismos y diseñar instituciones en función de ellas tiene costos personales y profesionales. Sin embargo, también tiene retornos sociales duraderos.
Costa Rica no lideró la atracción de IED por azar ni por incentivos aislados. Lo hizo, entre otras razones, porque entendió —y operacionalizó— que la información imperfecta es una barrera tan real como los aranceles o la infraestructura. Y porque hubo momentos en que se eligió escuchar la teoría económica, incluso cuando no era cómoda.
Este es el legado que vale la pena dejar explícito para economistas jóvenes, responsables de política pública y para quienes, siendo diferentes o neurodivergentes, dudan si decir lo que ven. La diferencia no está en tener razón temprano, sino en sostenerla con rigor, evidencia y coraje.
Cerrar este ciclo no es un acto de despedida, sino de coherencia. Durante años, hablar de asimetría de información fue una incomodidad; hoy es evidencia revisada por pares. Durante años, sostener que una agencia solo se justifica si corrige una falla de mercado fue una herejía; hoy es un resultado cuantificado. La evidencia no me dio la razón: alcanzó a la intuición. Y eso es lo más raro y valioso que puede ocurrir en una vida profesional.
Este artículo no es un ajuste de cuentas ni una reivindicación personal. Es una invitación a pensar distinto, a decir lo que se ve aunque incomode, a diseñar política pública con teoría, datos y coraje intelectual. Si algo queda de este recorrido es una certeza simple: las instituciones importan cuando entienden por qué existen. Y las personas importan cuando se atreven a decirlo a tiempo.
Tal vez ese sea el verdadero legado de este recorrido: demostrar que pensar distinto no es una excentricidad, sino una ventaja cuando se ejerce con disciplina, evidencia y coraje. Que ver una falla de mercado donde otros ven solo procedimientos puede cambiar instituciones enteras. Y que decir lo que se ve —aunque incomode— es una forma silenciosa de responsabilidad pública. Si esta historia sirve para que un economista joven, una persona neurodivergente o un servidor público decida ser fiel a su intuición bien formada, entonces el círculo no solo se cerró: valió la pena abrirlo.