IA, niños con TEA y la verdadera acumulación de capital humano
Ayer desayuné en una pequeña sodita colombiana, como lo hago una vez al mes antes de mi cita con la podóloga. No es un ritual gastronómico. Es algo más importante. Allí me espera un niño con Trastorno del Espectro Autista (TEA), con un nivel más profundo que el mío, pero con un talento extraordinario para las letras y la música.
Ese niño me mira y sabe que somos iguales.
No en diagnóstico. En estructura mental. En forma de ver patrones. En intensidad.
Ayer le introduje la inteligencia artificial para sus preguntas sencillas. Me conecté con el WhatsApp de sus padres para cualquier consulta futura. No para reemplazarlos. No para sustituir su aprendizaje. Sino para estructurarlo.
Y ahí entendí algo que muchos padres aún no están viendo. El debate sobre la IA en educación está mal planteado.
La pregunta no es si la inteligencia artificial ayuda o perjudica el aprendizaje. La pregunta es cómo se usa.
La ilusión del aprendizaje instantáneo
Desde la economía sabemos que el capital humano no es acumulación de respuestas. Es acumulación de capacidades internalizadas.
Gary Becker lo explicó hace décadas: el capital humano es inversión en habilidades productivas. Pero esa inversión requiere esfuerzo cognitivo. Requiere fricción. Requiere lo que podríamos llamar “fricción productiva”.
Sin lucha, no hay internalización.
Sin internalización, no hay habilidad.
Sin habilidad, no hay autonomía.
Cuando un niño, con o sin TEA, usa IA para saltarse el proceso de pensar, no está aprendiendo. Está externalizando el pensamiento.
Y eso es un problema.
Pero prohibir la IA también es un error.
La asimetría de información en casa
En 1973, Michael Spence mostró que cuando una señal se vuelve barata, pierde valor informativo. Si todos pueden producir un currículum impecable sin esfuerzo real, el título deja de ser señal de productividad.
Lo mismo ocurre en casa.
Si un niño entrega tareas perfectas generadas con IA, los padres pueden creer que aprendió. Pero no lo saben. Se genera una asimetría de información dentro del hogar.
El output luce sofisticado. El proceso fue inexistente.
La IA puede producir textos impecables. Pero no puede internalizar por el niño.
En el caso de niños con TEA, este riesgo es doble. Porque muchos tienen alta capacidad verbal o memorización estructurada, lo que puede simular comprensión profunda cuando no siempre la hay.
La señal puede engañar.
Pero aquí está la parte disruptiva
La IA puede ser extraordinaria para niños con TEA.
¿Por qué?
Porque la IA es predecible.
Es paciente.
No se frustra.
Responde sin juicio.
Permite profundizar obsesivamente en intereses específicos.
Y quienes conocemos el TEA sabemos que los intereses especiales no son una rareza: son puertas de entrada al aprendizaje profundo.
Si un niño ama los trenes, la IA puede convertir los trenes en física, historia, geografía y matemáticas.
Si ama la música, puede convertirla en teoría matemática, patrones y lenguaje.
La IA no es el problema.
El problema es el uso pasivo.
IA como gimnasio cognitivo
La inteligencia artificial debe funcionar como gimnasio mental, no como muleta cognitiva.
Para padres de niños con TEA, propongo cuatro principios simples:
1. Primero pensar, luego preguntar.
El niño debe intentar responder antes de consultar.
2. Pedir explicación propia.
Después de recibir una respuesta, debe reformularla con sus palabras.
3. Expandir intereses especiales.
Usar la IA para conectar su pasión con otras disciplinas.
4. Supervisión activa.
No delegar el proceso. Acompañarlo.
El rol de los padres no desaparece. Se vuelve más sofisticado.
No es controlar la herramienta. Es estructurar el proceso.
La ventaja cognitiva del TEA en la era de la IA
Hay algo que rara vez se dice: muchos niños con TEA tienen ventajas estructurales en un mundo basado en patrones, datos y lógica.
Tienden a:
Detectar inconsistencias.
Profundizar intensamente.
Tolerar repetición.
Enfocarse en sistemas.
En la era de la inteligencia artificial, esas características pueden convertirse en activos extraordinarios.
Pero solo si desarrollan autonomía cognitiva.
Si dependen de la IA para pensar, pierden ventaja.
Si la usan para ampliar su razonamiento, la multiplican.
La diferencia no está en el algoritmo.
Está en la disciplina epistemológica.
El error de los extremos
Algunos padres quieren prohibir la IA por miedo.
Otros la celebran como salvación educativa.
Ambos extremos son equivocados.
La IA no sustituye el aprendizaje.
Pero tampoco lo garantiza.
Es amplificador.
Amplifica disciplina o amplifica dependencia.
Amplifica curiosidad o amplifica pereza cognitiva.
Amplifica estructura o amplifica superficialidad.
En economía lo sabemos: la tecnología no determina resultados. Los incentivos sí.
En educación es igual.
Lo que vi en esa sodita
Ese niño brillante con TEA no necesita respuestas perfectas.
Necesita estructura.
Necesita que alguien le diga:
“Primero piensa tú. Después vemos qué dice la máquina.”
Necesita que sus padres no se intimiden ante la tecnología, sino que la comprendan.
Necesita acompañamiento, no sustitución.
Cuando me mira, no busca soluciones mágicas. Busca reconocimiento. Busca alguien que entienda cómo funciona su mente.
Y eso me recordó algo esencial:
La verdadera inclusión no es eliminar la dificultad.
Es diseñar entornos donde la dificultad construya capacidad.
La transformación real
La inteligencia artificial puede convertirse en el mayor aliado de los niños con TEA.
Pero no porque responda más rápido.
Sino porque puede ayudarlos a estructurar mejor su pensamiento, profundizar en sus intereses y desarrollar autonomía.
El aprendizaje no depende de la inteligencia artificial.
Depende de la internalización humana.
Si usamos la IA como gimnasio cognitivo, podemos fortalecer el capital humano de nuestros hijos.
Si la usamos como atajo permanente, lo debilitamos.
La decisión no está en el algoritmo.
Está en nosotros.
Y ahí es donde comienza la verdadera transformación educativa.