Costa Rica y la transformación silenciosa: cuando la IED revela lo que una economía puede llegar a ser

IED

Durante décadas, el éxito de la inversión extranjera directa (IED) se midió con indicadores simples: cuántos dólares entraban al país, cuántos proyectos se anunciaban o cuántos empleos se generaban. Esa forma de medición fue útil durante mucho tiempo, pero hoy sabemos que es insuficiente. No toda la IED produce el mismo impacto económico. Algunas inversiones transforman profundamente la estructura productiva de un país; otras apenas incrementan el volumen de capital sin alterar sus capacidades.

Costa Rica ofrece un caso particularmente interesante porque su transformación económica reciente encaja sorprendentemente bien con tres marcos analíticos desarrollados posteriormente en la literatura económica: la inversión extranjera transformacional, la teoría de complejidad económica y el concepto de self-discovery o descubrimiento de nuevas ventajas comparativas. Lo notable es que muchas de las dinámicas observadas en el país ocurrieron antes de que estas teorías se consolidaran plenamente en el debate académico.

En retrospectiva, el caso costarricense parece casi un laboratorio natural donde estos mecanismos se desplegaron con claridad.

Un ejemplo ayuda a entender la magnitud de este cambio. La llegada de empresas como Intel en los años noventa demostró que Costa Rica podía integrarse en actividades tecnológicas de alto valor agregado. Más tarde, la expansión de empresas de bienes de consumo global como Procter & Gamble en servicios corporativos y la consolidación del clúster de dispositivos médicos con empresas como Boston Scientific y Abbott Laboratories reforzaron esa señal. Cada una de estas inversiones no solo generó empleo o exportaciones; reveló que el país tenía capacidades productivas que antes no eran evidentes.

De la agricultura tradicional a una economía de conocimiento

Durante buena parte del siglo XX, la estructura exportadora de Costa Rica se basó en productos agrícolas tradicionales como el café, el banano y el azúcar. Aunque estos sectores generaron riqueza y estabilidad, no ofrecían un camino claro hacia una economía intensiva en conocimiento o tecnología.

A partir de la década de 1990 comenzó a emerger una estrategia diferente: atraer inversión extranjera que introdujera actividades más sofisticadas, especialmente en manufactura tecnológica y posteriormente en servicios basados en conocimiento. Esta estrategia no consistía simplemente en atraer capital, sino en atraer capacidad productiva.

En otras palabras, el objetivo implícito no era aumentar el volumen de la inversión extranjera, sino elevar la complejidad de la economía.

La lógica de la IED transformacional

Hoy la literatura internacional comienza a hablar de transformational FDI: inversiones que no solo generan empleo o exportaciones, sino que modifican las capacidades productivas de un país. Estas inversiones introducen nuevas tecnologías, crean estándares industriales, demandan capital humano especializado y generan encadenamientos productivos.

Cuando esto ocurre, el impacto de la IED va mucho más allá de la empresa que llega al país.

La economía aprende.

Las empresas locales adoptan nuevas prácticas productivas.
Las universidades ajustan sus programas de formación.
Los proveedores desarrollan nuevas capacidades.

El resultado es un proceso de aprendizaje colectivo que transforma la estructura productiva.

Costa Rica experimentó precisamente este tipo de proceso.

El efecto demostración: cuando el éxito se vuelve información

Uno de los mecanismos más poderosos en el desarrollo económico es el llamado efecto demostración.

Cuando una empresa multinacional demuestra que un país puede producir bienes o servicios sofisticados de manera competitiva, esa información reduce la incertidumbre para otras empresas. Lo que antes parecía improbable comienza a percibirse como viable.

Esto genera lo que podríamos llamar imitación racional.

Las empresas no imitan por moda, sino porque la información revelada por el primer inversionista reduce el riesgo de inversión.

En Costa Rica, este fenómeno fue evidente. La llegada de empresas tecnológicas y posteriormente de dispositivos médicos demostró que el país podía operar en actividades altamente sofisticadas. Una vez revelada esa información, otras empresas comenzaron a seguir el mismo camino.

La inversión inicial no solo generó producción; generó información económica valiosa.

Complejidad económica y acumulación de capacidades

La teoría de complejidad económica sostiene que el desarrollo ocurre cuando los países acumulan capacidades productivas que les permiten fabricar bienes y servicios cada vez más sofisticados. Estas capacidades incluyen conocimiento técnico, capital humano, infraestructura, redes empresariales y experiencia productiva.

Desde esta perspectiva, el desarrollo no consiste simplemente en producir más, sino en producir cosas diferentes y más complejas.

La IED puede acelerar este proceso porque introduce nuevas capacidades en la economía. Las multinacionales traen tecnología, estándares globales y acceso a redes internacionales de producción.

Cuando estas capacidades se difunden localmente, la economía se vuelve capaz de producir bienes y servicios que antes estaban fuera de su alcance.

En Costa Rica, la transición hacia manufactura avanzada y servicios empresariales ilustra claramente este proceso.

Self-discovery: descubrir lo que un país puede hacer

Otra teoría relevante es la del self-discovery, desarrollada para explicar cómo los países descubren nuevas ventajas comparativas. Según este enfoque, los países no saben ex ante en qué sectores serán competitivos. Esa información solo emerge cuando empresas pioneras intentan producir algo nuevo.

El problema es que estas empresas asumen riesgos significativos, y cuando tienen éxito otros pueden imitar su actividad.

En este sentido, las empresas pioneras generan un bien público: revelan información sobre las capacidades productivas del país.

La inversión extranjera puede desempeñar un papel similar. Cuando una multinacional establece operaciones en un nuevo sector, está realizando un experimento económico que revela si el país tiene o no las condiciones para competir en ese sector.

Si el experimento tiene éxito, se abre un nuevo espacio de oportunidades productivas.

Eso es exactamente lo que ocurrió en Costa Rica.

Encadenamientos productivos y ecosistemas industriales

Otro elemento central en este proceso es la creación de encadenamientos productivos. Las empresas multinacionales requieren proveedores especializados, servicios logísticos, mantenimiento industrial, ingeniería y una amplia gama de servicios empresariales.

Cuando estos proveedores comienzan a desarrollarse localmente, se forma un ecosistema productivo más complejo.

Estos ecosistemas no se construyen de la noche a la mañana. Requieren tiempo, aprendizaje y coordinación entre empresas, instituciones educativas y políticas públicas.

Sin embargo, una vez que se consolidan, se convierten en una ventaja competitiva difícil de replicar.

Un proceso que anticipó la teoría

Lo más interesante del caso costarricense es que muchas de estas dinámicas ocurrieron antes de que conceptos como transformational FDI o complejidad económica se difundieran ampliamente en la literatura académica.

La práctica precedió a la teoría.

Estrategias orientadas a atraer inversión extranjera sofisticada, promover encadenamientos productivos y desarrollar capital humano especializado generaron una transformación económica que hoy puede analizarse con marcos conceptuales más recientes.

A veces, los países avanzan por intuición estratégica antes de que la academia logre explicar plenamente lo que está ocurriendo.

Ver patrones donde otros no miran

En mi caso particular, como economista naturalizado en Costa Rica, tuve la oportunidad de observar este proceso desde dentro. Mi contribución fue modesta pero clara: buscar patrones donde otros no los veían y tratar de entender qué tipo de inversión extranjera podía generar mayores efectos multiplicadores en la economía.

La intuición era simple.

No toda inversión extranjera es igual.

Algunas inversiones cambian el juego.

Cuando una empresa introduce nuevas capacidades tecnológicas, genera encadenamientos y revela nuevas oportunidades productivas, el impacto económico se multiplica. Esa es la inversión que realmente transforma un país.

Más allá del volumen de la inversión

Por eso, hoy más que nunca, es necesario repensar cómo medimos el éxito de la IED.

Los flujos de capital siguen siendo importantes, pero no son suficientes para entender el verdadero impacto económico. Lo que importa es si la inversión extranjera contribuye a:

  • aumentar la productividad

  • desarrollar nuevas capacidades

  • diversificar la economía

  • generar conocimiento

  • integrar al país en cadenas globales de valor.

En otras palabras, lo que importa es el impacto estructural.

Una transformación silenciosa

La transformación económica de Costa Rica no fue el resultado de un solo evento ni de una política aislada. Fue el resultado de múltiples decisiones estratégicas, aprendizaje institucional y colaboración entre sector público, empresas y academia.

Con el tiempo, estas decisiones generaron un cambio profundo en la estructura productiva del país.

Hoy Costa Rica exporta dispositivos médicos, servicios digitales, ingeniería y una amplia gama de actividades intensivas en conocimiento. Esta evolución no ocurrió por accidente. Fue el resultado de una estrategia que, consciente o no, siguió los principios que hoy reconocemos en la literatura de transformación productiva.

Mirar hacia adelante

El desafío para el futuro es continuar profundizando esta transformación.

La economía global está cambiando rápidamente con la digitalización, la inteligencia artificial y la reorganización de las cadenas globales de valor. En este nuevo contexto, los países que logren atraer inversión extranjera capaz de expandir sus capacidades productivas tendrán una ventaja significativa.

Costa Rica ya ha demostrado que es posible.

El siguiente paso es seguir apostando por la sofisticación, el conocimiento y la innovación.

Porque al final, el verdadero desarrollo no consiste en atraer más capital, sino en descubrir continuamente nuevas capacidades productivas.

Ese es el camino hacia una economía más compleja, resiliente y próspera.

La próxima frontera: inteligencia artificial y aprendizaje colectivo

En este nuevo contexto tecnológico emerge una oportunidad estratégica adicional para Costa Rica: atraer inversión extranjera relacionada con la inteligencia artificial. No necesariamente para desarrollar los algoritmos fundamentales que dominan hoy las grandes plataformas tecnológicas globales, sino para algo igualmente importante: la adopción inteligente de estas tecnologías en sectores donde el país ya posee capacidades productivas.

Las economías pequeñas y abiertas no siempre compiten mejor en la creación de tecnologías fundacionales. Sin embargo, pueden tener una ventaja significativa en su capacidad de adopción rápida y aprendizaje colectivo por el uso. Cuando múltiples empresas, universidades y trabajadores comienzan a utilizar nuevas herramientas tecnológicas en actividades productivas reales, se genera un proceso acumulativo de aprendizaje que mejora continuamente su desempeño.

La inteligencia artificial tiene precisamente esta característica. Cada interacción, cada aplicación sectorial y cada mejora en su uso contribuye a un proceso de aprendizaje distribuido que beneficia a todos los usuarios del sistema.

Para un país como Costa Rica, esto abre una estrategia clara: atraer inversión extranjera que utilice inteligencia artificial para mejorar procesos en sectores donde ya existen ventajas comparativas, como dispositivos médicos, servicios empresariales, ingeniería, análisis de datos y tecnologías digitales. En lugar de intentar competir en la creación de los grandes modelos globales, el país puede especializarse en aplicar inteligencia artificial para resolver problemas productivos concretos.

Esta estrategia permitiría generar algo que ya ha sido una constante en la historia económica reciente del país: aprendizaje colectivo. Tal como ocurrió con la manufactura avanzada y los servicios modernos, la adopción temprana de inteligencia artificial en sectores estratégicos podría generar nuevos encadenamientos productivos, nuevas capacidades laborales y nuevas oportunidades empresariales.

En última instancia, el desarrollo económico de Costa Rica ha estado marcado por su capacidad para aprender rápidamente y convertir ese aprendizaje en nuevas ventajas productivas. La inteligencia artificial ofrece una nueva plataforma para continuar ese proceso.

Y, como ha ocurrido antes en la historia del país, el verdadero impacto no vendrá del volumen de la inversión que llegue, sino de las capacidades que esa inversión permita desarrollar.

Así como la llegada de Intel reveló nuevas capacidades tecnológicas hace tres décadas, la adopción inteligente de inteligencia artificial podría revelar las próximas ventajas productivas del país.

Sandro Zolezzi

Chileno-Costarricense. Ingeniero Civil-Industrial con énfasis en optimización de recursos de la Universidad de Chile, con una Maestría en Administración de Negocios con énfasis en economía y finanzas del INCAE Business School de Costa Rica.

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