Costa Rica no tiene un problema de desempleo: tiene un problema de abandono laboral
En Costa Rica se repite una frase tranquilizadora: el desempleo ha bajado. Pero esa frase es engañosa. Los datos más recientes muestran algo mucho más preocupante: el empleo no crece y la gente está saliendo del mercado laboral. En seis años, la participación laboral cayó cerca de ocho puntos porcentuales. Eso no es un ajuste cíclico. Es una señal estructural.
Dicho en simple: menos personas trabajan y, peor aún, menos personas siquiera buscan trabajo.
Este fenómeno explica la paradoja actual: el desempleo baja, pero no porque se estén creando empleos, sino porque miles de personas dejaron de participar. Jóvenes, mujeres y adultos mayores desaparecen de las estadísticas laborales sin que la economía los haya absorbido en otra parte. No están desempleados. Están fuera del sistema.
¿Por qué ocurre esto? La discusión pública suele quedarse corta. Se habla de pandemia, informalidad o falta de habilidades. Todo eso influye, pero no explica la magnitud del problema. Hay que mirar el modelo completo, sin tecnicismos.
Primero, desánimo laboral. Cuando una persona busca trabajo durante meses, no encuentra oportunidades razonables o solo encuentra empleos mal pagados y precarios, llega un punto en que deja de buscar. No porque no quiera trabajar, sino porque el costo de hacerlo supera el beneficio esperado. Eso no es pereza: es racionalidad económica básica.
Segundo, crecimiento sin empleo. La economía costarricense sí ha crecido, pero liderada por sectores cada vez más productivos y automatizados, que generan mucho valor con poca mano de obra. Producimos más, pero contratamos menos. El crecimiento dejó de ser un motor automático de empleo, especialmente para trabajadores con menor calificación.
Tercero, restricciones invisibles, especialmente para las mujeres. El cuido no remunerado, los horarios rígidos, el transporte y la falta de opciones de medio tiempo expulsan a miles del mercado laboral. Muchas personas no están inactivas por elección, sino porque el sistema no está diseñado para ellas.
Cuarto, expectativas rotas. Si el salario ofrecido no compensa el costo de trabajar —transporte, cuido, tiempo—, la decisión racional es no participar. Esto no se ve en las cifras de desempleo, pero sí en la caída de la participación.
Y aquí aparece un problema clave: no estamos midiendo bien lo que está pasando.
Las encuestas de empleo dicen cuántos trabajan y cuántos no, pero no explican por qué la gente se va. No capturan bien el desánimo, el cuido, los ingresos alternativos, las expectativas salariales ni los movimientos intermitentes entre informalidad, inactividad y empleo.
Por eso, la política pública camina a ciegas.
Si Costa Rica quiere enfrentar este problema en serio, el INEC debe dar un salto metodológico, no solo estadístico. Algunas mejoras operativas son urgentes:
Incorporar módulos permanentes sobre razones de inactividad, no solo preguntas ocasionales.
Medir desánimo laboral explícitamente, no asumir que quien no busca “no quiere trabajar”.
Capturar el peso del cuido y la rigidez horaria, especialmente en mujeres.
Medir expectativas salariales y costos de búsqueda, para entender cuándo trabajar deja de ser rentable.
Usar paneles de seguimiento, que permitan ver cómo las personas entran y salen del mercado laboral a lo largo del tiempo.
Sin mejor medición, seguiremos celebrando bajas del desempleo que esconden una realidad más dura: un país que pierde fuerza laboral, productividad futura y cohesión social.
Costa Rica no necesita maquillajes estadísticos ni discursos optimistas. Necesita ver el problema completo, nombrarlo sin miedo y medirlo mejor. Porque cuando la gente abandona el mercado laboral, no solo pierde el individuo: pierde el país entero.